Algunas reflexiones sobre la pandemia


LOS COSTOS SOCIALES DE LA PANDEMIA – por: Lic. Francisco Merino

Algunas reflexiones “desprejuiciadas” sobre cómo se perciben, y ponen en palabra, las medidas de aislamiento en los sectores populares.

Mucho se ha hablado en estos días acerca de la posibilidad de sostener la curva de contagios del coronavirus aplanada, y así evitar la posibilidad de que la pandemia lleve al colapso del sistema de salud en nuestro país. Al respecto, especialistas en epidemiología e infectología, que asesoran al ministro de salud y al presidente en esta materia, vienen realizando una serie de recomendaciones que hacen a protocolos de cuidado e higiene personal, como así también a la necesidad de cumplimentar las medidas de aislamiento dispuestas a partir de un decreto de necesidad de urgencia. En palabra de los expertos esta sería la única “vacuna” que por el momento tenemos para hacerle frente al COVID-19.

Lejos de quitar relevancia a los esfuerzos sanitarios que se vienen haciendo en materia de salud pública para evitar el número de contagios, que dicho sea de paso cuentan con el reconocimiento y aval de la Organización Mundial de la Salud (OMS), la presente reflexión busca recuperar algunas percepciones y problemáticas que se vienen presentando en sectores populares con respecto al acatamiento de las medidas de aislamiento instauradas por el gobierno. A partir de la conversación, y el encuentro diario por mi trabajo de campo, con referentes territoriales avocados a la labor social, política, religiosa y sanitaria de Córdoba fui recuperando una serie de testimonios acerca cómo se vive (y pone en palabra) la cuarentena en alguna de las villas más populosas de la ciudad.

Un primer elemento que aparece a la luz en las entrevistas telefónicas tiene que ver con la dificultad para cumplimentar las medidas de aislamiento dispuestas por el ejecutivo. El motivo, entre tantos otros, en palabra de los referentes se expresa y sintetiza en la siguiente oración: “los padres o adultos no saben qué hacer con los niños adentro de sus casas”. Como bien es sabido “la calle” constituye, en los sectores populares, un espacio de encuentro y socialización entre vecinos, como así también de juego por parte de los más chicos. Al no disponer de un patio o ambientes amplios, como espacio privado para desarrollar diferentes actividades lúdicas y de esparcimiento, el frente de comedores comunitarios o la plaza del barrio, la barranca o los pasillos de la villa, constituyen lugares físicos para jugar a la escondidas y corretear entre basurales a cielo abierto, escombros y muchas veces, también, aguas servidas. Para jóvenes y adultos el sentarse en la puerta de su casa o en una esquina “a ver qué o quién pasa”, saludarse y hablar rápidamente mientras se va al almacén a hacer las compras constituyen verdaderos momentos donde los vínculos se actualizan y se afianzan. A esta compleja trama relacional que desafía los límites de lo público y lo privado, debemos sumarle las condiciones de hacinamiento en la que se encuentran muchas familias, y que según testimonios que se vienen recogiendo a lo largo y a lo ancho de la Argentina, traen aparejado la agudización de problemas intrafamiliares emparentadas, sobre todo, a la violencia de género. Distanciamiento social, como medida preventiva, en hogares donde la cantidad de miembros muchas veces supera las 8 o 9 personas en promedio parece una quimera. Más aún en barrios populares de grandes aglomerados urbanos.

Al “combo” de problemas habitaciones debemos sumarle aquellos que hacen al acceso de infraestructura básica (urbana y del hogar) para poder siquiera pensar en llevar adelante las mínimas normas de higiene y cuidado para hacer frente a la difuminación de la pandemia. Calles en pésimo estado, inaccesibilidad a la red de agua potable y gas natural son algunos de los tantos problemas con los que tienen que lidiar día a día comedores y centros comunitarios (donde se dan copas de leche, cenas y cursos de capacitación en oficios entre otras tantas actividades más), como así también los vecinos del barrio. Nota al pie: ¿se ha preguntado acaso, cómo un niño o un joven puede en semejantes condiciones edilicias y sanitarias (a lo que deberíamos sumar el no acceso a una red inalámbrica de internet, una notebook o un espacio cómodo para estudiar), hacer su tarea o tener clases virtuales en su casa? Tal como puede imaginarse, también en lo que respecta a las estrategias educativas para no “atrasarse” en el colegio, durante el periodo de aislamiento, están jodidos.

Un segundo elemento: la dificultad de cumplimentar las medidas de aislamiento debido a las condiciones de precariedad laboral[1] de los referentes de hogar. Las “changas” de albañilería, herrería, pintura entre tantas otras más, sumado a actividades como “cartonear”, cuidar autos (el famoso y bien conocido, y muchas veces denostado “naranjita”) constituyen trabajos que permiten sostener el día a día, “parar la olla”, en un contexto atravesado por la incertidumbre y la poca previsibilidad económica del hogar. Nota al pie antes de seguir avanzando: solo con el plan social o la ayuda económica del gobierno no alcanza. Esto no significa que los incrementos en la Asignación Universal por Hijo (AUH) y por Embarazo (AUE), o el ingreso familiar de emergencia no sirvan ante la contingencia de la cuarentena. Resultan absolutamente necesarios, y lejos de “fomentar la vagancia” constituyen un ingreso complementario para darle mayor estabilidad material al hogar, posibilitando en el mediano plazo acceder a mejores condiciones de trabajo, o al menos (en este caso) paliar la crisis. La puesta en marcha de las medidas de aislamiento ha traído aparejado la puesta en suspenso de dichos trabajos para lo cual resulta indispensable desplazarse “afuera” del barrio, ya sea a la parte “alta” (que la metáfora sirva para dar cuenta también de un orden social existente: los de “arriba” y los de “abajo”), o a las zonas céntricas de la ciudad donde las “oportunidades” esporádicas de trabajos cuidando autos abundan en alguna esquina, al frente de algún edificio público o sanatorio privado, como así también las chances de “cartonear”, recoger escombros en el carro o desempeñarse como empleada doméstica. Desde luego, y por más que las medidas de cuarentena en sectores populares se extiendan al barrio (y no al confinamiento del hogar)[2], su cumplimiento va a resultar dificultoso de escasear alimentos y demás bienes mínimos que garanticen la supervivencia de los que menos tienen. En palabras de una de las referentes comunitarias de Barrio Pueyrredón, “el pagar un alquiler de la casita o habitación donde estás, o las cuotas de la tarjeta de crédito que recargaste para comprar los útiles escolares, las zapatillas o el guardapolvo para que tus chicos comiencen las clases hace difícil que la gente se quede en sus casas, y más si esto se prolonga (refiriéndose a la cuarentena[3])”. A ello, debemos sumarle las denuncias por el encarecimiento de precios en alguno de los almacenes barriales.

A este cuadro de situación, y como si esto fuera poco, un tercer elemento. De lo recabado de testimonios de vecinos y referentes de diversas zonas del país se evidencia la ausencia o la poca presencia de las fuerzas de seguridad para hacer cumplir la cuarentena. “Acá no vienen, no bajan a menos que vos subas. Ahí si te agarran”, refiere el referente social de uno de los comedores de “El Bajo” (acá nuevamente el sentido metafórico como expresión del lugar que le “toca” a cada quién). Y cuando “bajan”, algunas veces lo hacen “verdugueando” a jóvenes con una impronta fuertemente represiva y clasista. Algunos de estos casos de violencia institucional, que desde luego no son la mayoría de los casos (afortunadamente), se replican en videos que circulan por redes sociales donde las fuerzas de seguridad (policía bonaerense y gendarmes, puntualmente) obligan a jóvenes a “bailar” cantando el himno, hacer saltos de rana, flexiones de brazos y caminar en cuclillas. Si bien los agentes fueron puestos a disponibilidad inmediatamente con inicio de acusaciones disciplinarias[4], lo que la cara oculta de la cuarentena muestra es la exacerbación de lo que forma parte del paisaje cotidiano en los barrios populares en torno al funcionamiento represivo de las fuerzas del “orden” (uno podría preguntarse al respecto: ¿“orden” en favor de quién o quiénes?). En el transcurso de la semana pasada circuló un video, con mucho nivel de aceptación o legitimidad, en torno a cómo un policía “reprendía” a dos jóvenes que se encontraban en la calle incumpliendo la cuarentena. El tono (por demás violento, y que marcaba cabalmente la relación de asimetría entre uno y un “otro”) reproducía la lógica del grito como criterio “pedagógico” basado en la sumisión. Efectivamente en determinados círculos de las fuerzas de seguridad, y de la sociedad civil, sigue haciendo sentido el disciplinamiento como forma o método para lograr orden y respeto. Nota al pie, y me permito extender aún más el cuadro de situación, a lo que estrictamente tiene que ver con el COVID-19 y la cuarentena: no crea señor, señora que una sociedad con más policías en las calles (haciendo controles en puentes y avenidas en zonas aledañas al centro) son garantía de seguridad. En Córdoba, ya tenemos muestras suficientes de la ineficiencia respecto al uso de medidas “preventivas”, que toman a la población residente en los barrios periféricos como una “amenaza” para la zona circundante. Edulcoradas en “códigos de falta” o “convivencia”, lejos está la resolución de la cuestión de fondo que hace a la integración de los sectores más marginados. De hecho, el que se persiga y hostigue a jóvenes pobres, constantemente parados y requisados, afianza aún más la desigualdad en las formas de acceso y tránsito por la ciudad, que insistimos constituye un elemento central para la reproducción social de dichas personas.

Finalmente, un cuarto y último elemento. He aquí una nota esperanzadora, como para terminar bien (o no tan mal) el artículo, vió. Algo que se puede sacar en limpio respecto a las dificultades que tienen los sectores populares para hacer frente a los vaivenes de las crisis (de todo tipo por las que atraviesa nuestro país), es la capacidad de organización en la resolución de situaciones conflictivas. Lejos de un ideal romántico, un aspecto positivo que se pudo rescatar de las preguntas a referentes barriales tiene que ver con el afianzamiento de redes de solidaridad, en el que las organizaciones de base desempeñan un papel sumamente relevante para conseguir y gestionar recursos. El organizarse para llevarle una vianda de comida a una persona mayor o brindar apoyo sanitario a familias (generalmente numerosas) que se encuentran en una situación de máxima vulnerabilidad, son algunas de las muestras de la relevancia que tienen las asociaciones civiles, y agrupaciones políticas frente a este tipo de situaciones. Notal al pie (¡una más y no jodemos más!): muchas de estas asociaciones civiles y organizaciones políticas cada tanto (asiduamente, diría) son catalogadas por análisis legos como “clientelares”, asumiendo un tono peyorativo y estigmatizante la política popular. Dichas acusaciones (por demás simplistas, y sin mucho asidero científico) invisibilizan el trabajo diario de referentes comunitarios, militantes, entre tantos otros, para hacer frente a la pandemia, como así también a las problemáticas específicas que se presentan en la diaria.

Para cerrar, retomo el principio. Esta reflexión tiene por objeto poner sobre el tapete algo de lo que recién ahora afortunadamente se está empezando a hablar: los costos sociales de la cuarentena y la pandemia para los sectores más castigados de la estructura social Argentina. Lejos de invalidar las medidas sanitarias que por demás, y sin ser un especialista, considero acertadas y oportunas, hago un llamado a prestar especial atención al desenvolvimiento de la cuestión social, teniendo la esperanza de que las medidas adoptadas por el ejecutivo alcancen a los sectores más desfavorecidos para paliar las condiciones de precariedad que vienen arrastrando desde larga data. La pandemia (como cualquier situación de crisis), agrava aún más, y hace explicita las condiciones de vulnerabilidad y desigualdad de sectores que se encuentran relegados de la posibilidad de acceder a un trabajo estable, condiciones sanitarias y habitaciones mínimas, como así también la dificultad de formar parte y permanecer en el sistema educativo. A decir, de Gabriel Kessler (2014)[5] la desigualdad en la Argentina es un fenómeno estructural, multidimensional y de tendencias contrapuestas, debiendo ser atendida en su complejidad con políticas de mediano y largo plazo.

Por lo pronto un primer, y necesario ejercicio, como para que podamos sacar algo en limpio de la pandemia. Repita conmigo: “los pobres no son pobres porque quieren o no se esfuerzan” (recuerde alguno de los aspectos estructurales que le mencioné más arriba, y evite culpabilizar o victimizar a las personas por su condición social). En este mismo sentido: “los planes sociales no fomentan la `vagancia` (como así tampoco, los pobres tienen hijos para cobrar la AUH o la AUE)”. Las asignaciones monetarias y no monetarias resultan indispensables en condiciones de marcada inestabilidad e incertidumbre económica de los hogares pobres, ya sea como estrategia para hacer frente a las condiciones de vulnerabilidad social, o acceder a mejores condiciones de trabajo.

Lic. Francisco Merino

Marzo de 2020


[1] Según un informe de la UCA, mientras que en el 2017 había un 47,9% de trabajadores en situación precaria, en el 2018 este grupo pasó a ser el 49,3% de la población económicamente activa del país, obteniendo en promedio $10.283 mensuales (menos de la mitad de lo que en ese momento ganaba un trabajador formal).

[2] “Quedate en tu barrio” (en reemplazo del “quedate en tu casa”) ha sido la consigna del gobierno nacional para los sectores más vulnerables del conurbano bonaerense, frente a la dificultad (por condiciones habitacionales, laborales y sanitarias, expuestas anteriormente) para cumplimentar la continuidad de la fase del aislamiento preventivo y obligatorio.

[3] Las cursivas son propias.

[4] Para mayores referencias https://www.pagina12.com.ar/255484-cuarentena-apartan-a-policias-y-gendarmes-que-bailaron-a-jov

[5] Kessler, Gabriel (2014) Controversias sobre la desigualdad. Argentina, 2003-2013. Buenos Aires: Fondo de cultura económica

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